sábado, 1 de marzo de 2014

A la carta

"A la carta" es una serie inspirada en un relato de Samuel Alonso Omeñaca y que inicialmente, sirvió para su ilustración dentro del proyecto "Cuentos para una espera" que se presentó, el pasado verano, en la Galería El Torco de Suances (Cantabria), dentro del marco del Festival del Pequeño Formato (FdF) y que del 23 de enero al 15 de febrero de 2014 pudo verse en la Casa de Cantabria de Madrid, dentro de la muestra "Llaves", que organizó el Ayuntamiento de Santillana del Mar (Cantabria).
 
Paralelamente a su exposición en la Galería El Torco, el Ayuntamiento de Santillana del Mar y también dentro del programa del Festival del Pequeño Formato, expuso en el espacio express: Juan Infante, del 3 de mayo al 29 de julio de 2013, la serie completa de "A la carta".
 
 
A LA CARTA
Samuel Alonso Omeñaca

 Dígame. Oigo una voz desconocida al otro lado de la línea. Necesito un escritor, me han dado su teléfono en la librería París. Antes me presento, me llamo Miguel y quiero que usted me ayude a escribir una carta, no crea que no sé escribir, no sé escribir esa carta. Tiene que ayudarme, le pago lo que me pida... ¿Es una carta de amor? La carta quiero que sea de amor, sí, de amor sincero, de amor intenso, de amor por venir. Lo cierto es que apenas la conozco, me refiero a la mujer, pero quiero conocerla, por eso debe ser una carta de amor. Además creo que estoy enamorado.

Inicio la carta: querida... Anotar su nombre sería un error imperdonable, sería hacer mía una carta ajena, sería un acto de infidelidad y traición. No puedo seguir. No debo seguir. Una carta es un escrito personal... Mi abuela leía y escribía cartas de los hijos de la migración allá por los sesenta, cartas de salud, de comida, de lluvias y frío, cartas al dictado, cartas torpes del sentimiento. Pero ésta es diferente. Inventarme unos ojos, inventar unas piernas, un cuerpo, unos pechos, inventar besos, sonrisas y caricias. La escribo.
 
 

Tengo que averiguar quién es Miguel de entre las miradas que me vigilan. Imito su vergüenza. Antes pido un café en la barra. Medito sobre las cartas ¿cómo son las cartas? Observo a un hombre sentado solo en una mesa, cuarenta años, moreno, delgado. Es él, no tengo duda, es él. Me siento a su lado y cuenta que es dueño de una residencia de ancianos y que ella visita a su abuelo los jueves por la tarde. Este jueves será cartero de su propia correspondencia, le entregará en mano sus deseos ingenuos de conocerla. Me cuenta que prefiere una carta porque las palabras por escrito son más palabras, porque tiene miedo a ruborizarse o a un tartamudeo imprevisto. Una carta es muy personal, le digo, sólo si la haces tuya, si te envenenas de sus palabras podrás enviarla. Me promete estudiarla, creer en cada uno de los adjetivos, sentir sus verbos y aprender a modular las frases. Se la leo en voz alta como un poeta. Me gusta, dice y me entrega un sobre con dinero. Le ha puesto precio a las palabras, noventa euros.

 Paso un mes sin noticias. Tengo ganas de saber, aquella carta me hace soñar: la mujer, las cartas, la escritura mercenaria. Y Miguel me llama y quedamos en otra cafetería.
 
Aquel jueves no entregó la carta. Nunca se la di, la tengo guardada, dice. Escucho como la hizo suya, como la estudió, la mimó, pero la quiso para él. Me reconforta  no participar en este juego de máscaras, saber que mis palabras, de oficio, jamás fueron leídas por aquella mujer desconocida. Pero escribí, dice, una carta con tus palabras, una carta de amor. Escucho. Escribí una carta de amor a mi madre muerta.
  

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